“PARTE 3: LA Trampa de la Memoria

El laberinto de mentiras comenzó a desmoronarse con la velocidad de un incendio forestal. No grité; el terror absoluto tiene una forma extraña de congelar la laringe y agudizar el ingenio. Me pegué a la pared del pasillo mientras los pasos del verdadero Ethan ascendían por la escalera principal, un eco rítmico y pesado que contrastaba con la ligereza felina del hombre que seguía dentro de mi habitación. Evan, el hermano gemelo ocultado al mundo, el secreto mejor guardado de la dinastía artística de Doña Sofía.

Durante tres años, me habían compartido como si fuera una propiedad más de la herencia familiar. Un hermano firmaba las obras y mantenía la farsa de la ceguera trágica ante la alta sociedad; el otro disfrutaba de los excesos, vaciaba las cuentas y se colaba en mi cama cuando las luces se apagaban, aprovechando mi entrega absoluta a un esposo que creía vulnerable. Todo coordinado por la mente maquiavélica de Doña Sofía, dispuesta a todo para proteger el imperio del apellido y el fideicomiso millonario que legalmente dependía de mi firma como administradora única.

Al día siguiente, la mansión amaneció en una calma tensa. Preparé el té de la tarde, sirviendo la infusión en la vajilla de porcelana inglesa que Doña Sofía tanto apreciaba. Sabía que Valeria, la joven asistente de la galería, llegaría pronto; sus visitas nocturnas al ala este de la casa ya no eran un misterio para mí, sino el cabo suelto que usaría para tejer mi soga.

—Has estado muy callada hoy, Elena —dijo Doña Sofía, tomando un sorbo de su taza mientras revisaba unos catálogos de arte—. El médico vendrá más tarde a ajustarte la dosis de los ansiolíticos. No queremos más escenas como la de anoche.

See also  The Day the Mercers Fell

—No será necesario, Doña Sofía —respondí, manteniendo mi voz perfectamente plana, desprovista de cualquier emoción—. He comprendido que la realidad depende enteramente de los ojos con los que se mire. De hecho, he decidido transferir los fondos de la galería a la cuenta personal de Ethan esta misma tarde, tal como ustedes querían.

La anciana arqueó una ceja, una chispa de triunfo codicioso brillando en sus ojos marchitos.

—Es lo mejor para todos, querida. El arte es un terreno demasiado complejo para mentes inestables. Como siempre digo: el pincel sabe quién lo sostiene, pero el lienzo solo obedece al dueño de la casa.

Sonreí para mis adentros al escuchar su frase favorita, la misma que usaba para justificar los fraudes de autoría de su hijo. Fui al estudio de pintura. Ethan, o quienquiera que fuese en ese turno, estaba sentado frente a un lienzo en blanco, con las manos manchadas de pigmento negro. Me acerqué por detrás, colocando mis manos sobre sus hombros. Sentí cómo sus músculos se tensaban instantáneamente.

—¿Ethan o Evan? —pregunté al oído, con una suavidad que rozaba lo macabro.

El hombre se quedó inmóvil. El bastón de ciego descansaba apoyado contra la pata del caballete, pero su mano derecha se cerró con fuerza alrededor de la espátula de metal.

—Estás perdiendo la cabeza, Elena —dijo él, usando el tono melancólico de Ethan—. Soy tu esposo. ¿Quién más podría ser en esta casa apartada de todo?

—El hombre que duerme a mi izquierda tiene una pequeña cicatriz de quemadura en la muñeca derecha, producto de un accidente con cera cuando era niño —dije, deslizando mis dedos hacia su brazo—. Tú la tienes en la muñeca izquierda. El espejo no miente, Evan. Pero tu hermano tampoco es el santo que pretende ser. Ambos planearon esto desde el día en que me conocieron en aquella exposición en Barcelona.

See also  PARTE 3: El Vuelco del Guillotina de Cristal

Evan soltó una carcajada ronca, dejando caer la máscara de timidez de su hermano. Se levantó del taburete, dándose la vuelta para mirarme de frente, con esos ojos idénticos a los de mi esposo pero desprovistos de cualquier rastro de piedad.

—Eres más lista de lo que mi madre pensaba, preciosa —admitió, dando un paso hacia mí—. Pero saber la verdad no te va a salvar. ¿Quién te va a creer? Para el mundo exterior, eres la esposa histérica de un genio discapacitado que se la pasa inventando fantasmas porque no puede soportar la presión de esta vida. Firmarás los papeles del fideicomiso, o el psiquiátrico de la provincia será tu nuevo hogar permanente.

—Olvidas un detalle, Evan —dije, retrocediendo lentamente hacia la mesa donde descansaban los disolventes y las pinturas—. El dinero del fideicomiso solo se libera si ambos hermanos están vivos para certificar la autenticidad de la colección ante el comité de París. ¿Qué pasaría si la autoría de las obras se pusiera en duda por un escándalo de suplantación?

La puerta del estudio se abrió de golpe, y el verdadero Ethan entró, guiado por el instinto de los años que pasó fingiendo su condición o quizás porque su propia culpa lo arrastraba hacia el final del juego. Doña Sofía apareció detrás de él, con el rostro desencajado por la furia al ver que el secreto dinástico estaba completamente expuesto.

—¡Cierra la boca, Elena! —bramó la anciana, su elegancia desvaneciéndose para revelar al monstruo controlador—. No eres nada en esta familia. Una huérfana de provincias a la que rescatamos del anonimato. Todo lo que ves, cada cuadro, cada piedra de esta mansión, pertenece a mis hijos.

See also  The Sovereign

—¿A cuál de los dos, Doña Sofía? —pregunté, encendiendo el encendedor de plata que le había robado a Evan de su vestidor esa misma mañana—. Porque si este lugar se quema con todos sus óleos millonarios dentro, ninguno de los dos tendrá nada que heredar.

Los dos hermanos se miraron entre sí, un destello de desconfianza mutua cruzando sus rostros idénticos. El aislamiento y la codicia habían sembrado la discordia entre ellos mucho antes de mi llegada; yo solo era la chispa que faltaba para hacer estallar el polvorín. Ethan dio un paso hacia delante, olvidando por completo su papel de ciego, sus ojos fijos en la llama que bailaba cerca de los botes de aguarrás.

—No lo harás, Elena —dijo Ethan, su voz temblando por primera vez—. Amas mi arte. Amas lo que creamos juntos.

—Amaba al hombre que creí que eras —respondí, dejando caer la llama sobre el lienzo impregnado de disolvente en el suelo—. Pero resulta que ese hombre nunca existió.

El fuego cobró vida al instante, una cortina de llamas azules y anaranjadas devorando el estudio y separándome de los tres monstruos que habían intentado destruir mi mente. Corrí hacia la salida mientras los gritos de reproche mutuo entre los hermanos resonaban a mi espalda, una sinfonía de codicia y desesperación que la niebla de Galicia tardaría mucho tiempo en borrar de mi memoria. Salí a la lluvia, sintiendo el agua fría limpiar el olor a pintura y traición de mi piel, libre por fin de la oscuridad que otros habían diseñado para mí.”

Related Posts

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

© 2026 cuanhua-loithep | All rights reserved