**Parte 2: La reina que regresó del templo**

 

Cuando las pesadas puertas de piedra se abrieron con un crujido que resonó por todo el palacio, el aire que salió del templo era espeso, caliente y olía a hierro y miedo. El sumo sacerdote fue el primero en entrar. Su grito ahogado hizo que todos los presentes retrocedieran.

Dentro, los mejores guerreros del reino yacían muertos en posiciones imposibles. Algunos estaban apoyados contra las columnas con la garganta abierta de oreja a oreja. Otros tenían sus propias lanzas clavadas en el pecho. Ninguno había desenvainado su espada. Sus rostros mostraban el mismo terror: ojos muy abiertos, bocas congeladas en un grito silencioso. No había señales de lucha. Solo muerte limpia y aterradora.

Y en el centro del templo, sentada en el altar de mármol negro donde habían dejado su cuerpo, estaba la reina.

Viva.

Sus ojos dorados brillaban con una luz que no era humana. La corona seguía en su cabeza, pero ahora inclinada. La túnica roja estaba manchada de sangre fresca. En su mano derecha sostenía el antiguo collar de la dinastía, ahora roto, con las perlas esparcidas como gotas de leche sobre el suelo de piedra.

El rey, que había permanecido fuera hasta ese momento, entró tambaleándose. Su rostro palideció al verla.

— Imposible… —susurró—. Tú estabas muerta. El veneno…

La reina sonrió. Una sonrisa lenta, terrible y hermosa.

— Sí, mi querido esposo. El veneno que tú y tu amante me dieron en la copa de vino la noche de la supuesta “fiebre”. El mismo veneno que me dejó sin pulso durante horas. Pero lo que ninguno de ustedes sabía es que mi madre, antes de morir, me enseñó los secretos de las antiguas sacerdotisas. Yo no morí. Solo dormí profundamente. Lo suficiente para que todos mostraran su verdadera cara.

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Se puso de pie con gracia. Sus pies descalzos no hicieron ruido sobre la sangre.

— Ordenaste a tus “mejores guerreros” que entraran por la puerta secreta del templo a medianoche. Les dijiste que me cortaran la garganta si despertaba, para que pareciera que los dioses me habían rechazado. Pero yo desperté primero.

Uno de los sacerdotes cayó de rodillas, temblando.

La reina continuó, con voz clara y fría que llegó hasta el último rincón del templo:

— Les ofrecí una oportunidad. Confesar su traición ante los dioses. Solo uno de ellos dudó. Los demás intentaron cumplir tu orden, esposo. Por eso ahora están muertos. Yo no necesitaba armas. Usé lo que ellos más temían: la oscuridad y su propia culpa.

El rey retrocedió hasta chocar contra una columna. Sus guardias personales ya habían bajado las armas; nadie quería ser el siguiente.

— Yo… lo hice por el reino… —balbuceó.

— Lo hiciste por tu amante y por el trono sin mí —respondió ella—. Pero los dioses ya decidieron mi destino anoche. Y no fue la muerte.

La reina levantó la mano. En su palma brillaba un anillo que nadie había visto antes: el sello real de su madre, escondido durante años.

— A partir de este momento, yo gobierno. Tú serás juzgado por traición y asesinato. Tu amante será desterrada. Y cualquiera que intente detenerme terminará como esos guerreros.

El silencio que siguió fue más profundo que el luto de la noche anterior.

Al atardecer de ese mismo día, el rey fue encerrado en la torre más alta del palacio. La reina, vestida ahora de negro y oro, caminó por los pasillos que habían estado en silencio. La gente se arrodillaba a su paso, no por miedo, sino por reverencia.

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Nadie volvió a hablar del “cuerpo” en el templo. Solo se susurraba que la joven reina había regresado de entre los muertos para tomar lo que era suyo.

Y que los dioses, a veces, no eligen la muerte.

A veces eligen la venganza.

 

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