—¿Por qué? —repitió él, dando un paso más hacia ella, invadiendo ese espacio personal que Rosie siempre había mantenido como un búnker.
—Porque soy la contadora gorda que se esconde detrás de las calculadoras, Sr. Russo —respondió ella, con la voz temblorosa pero firme—. La gente como yo no dirige divisiones. La gente como yo hace el trabajo sucio, acepta los insultos y se asegura de que el dinero esté donde debe estar. Si me das ese puesto, el resto de tus gerentes me destruirán antes de que termine la semana. No por incompetencia, sino porque no encajo en la imagen que ustedes venden.
Dominic se quedó en silencio, analizando cada palabra. Sus ojos oscuros, que habían visto la brutalidad de la vida en Chicago, se fijaron en los de ella.
—¿Crees que me importa la imagen? —la voz de Dominic era una advertencia—. Peter Walsh no fue destruido por ser un ladrón. Fue destruido porque se atrevió a menospreciar a alguien que trabajaba para mí. Si tú eres mi contadora, si tú diriges mis finanzas, nadie volverá a pronunciar un adjetivo sobre ti que no sea ‘señora’.
Rosie sintió un escalofrío. No era solo el poder lo que emanaba de él; era una extraña forma de posesión protectora.
—¿Por qué yo? —susurró ella.
Dominic se acercó lo suficiente para que ella pudiera oler el sándalo y la pólvora fría en su traje. Con una lentitud calculada, extendió la mano y, con un solo dedo, apartó el cárdigan azul que ella usaba como armadura.
—Porque durante tres años he observado cómo este casino se mantiene a flote gracias a tu precisión, mientras otros hombres, con sus trajes costosos y su arrogancia, lo habrían hundido en una semana. Eres la única persona en este maldito hotel que no miente. Y en mi mundo, la verdad es el activo más valioso.
Al día siguiente, cuando Rosie entró en el casino, el ambiente era diferente. La noticia de la caída de Peter se había difundido como un incendio forestal. Ella no llevaba el cárdigan. Vestía un traje sastre negro que le quedaba perfecto, hecho a medida por orden de un sastre que Dominic envió esa misma mañana.
Rosie caminó hacia la oficina, ahora su oficina. Los guardias de seguridad, esos que siempre actuaban como estatuas, inclinaron la cabeza al verla pasar.
Dominic la esperaba sentado en el escritorio principal. Sobre la mesa, una caja de cristal contenía las llaves de toda la operación.
—El mundo cree que eres una contadora —dijo él mientras ella se acercaba—. Pero desde hoy, Chicago sabrá que eres quien decide quién vive y quién quiebra en este negocio.
Rosie tomó las llaves. El metal estaba frío, pero su mano no tembló. Miró hacia el casino, hacia la multitud que ignoraba que su destino estaba en manos de la mujer que durante años habían despreciado. Entendió entonces que la invisibilidad no era una debilidad, sino su mayor ventaja: ella había visto los hilos que movían a esos hombres mucho antes de que ellos se dieran cuenta de que ella los sostenía.
Dominic le ofreció una sonrisa que no era de bondad, sino de reconocimiento mutuo. Había creado una reina, y ella, sin dudarlo, había aceptado el reino.
THE END
