“NUNCA ESTUVE LOCA, PERO ÉL ME CONSTRUYÓ UNA JAULA DE ORO” — EL DÍA QUE UN ABOGADO ABRIÓ LA PUERTA PROHIBIDA DEL PALACIO DE LOS ALBA ÉA SANGRE Y FUEGO

El aire en la biblioteca se volvió irrespirable. Los dos hombres se adelantaron, pero Alejandro, impulsado por una descarga de adrenalina que nunca antes había experimentado, derribó la pesada mesa de caoba que los separaba, haciendo que los tinteros y los papeles volaran por el aire en un torbellino de tinta negra.

Corrió hacia las escaleras del ala norte, con las costillas doliéndole por el impacto del maletín que uno de los matones le había arrojado. Subió los escalones de tres en tres, escuchando los gritos de Eduardo detrás de él, ordenando que no lo dejaran llegar a la celda de la condesa.

“¡Leonor! ¡Abre!” gritó Alejandro, golpeando con el hombro la madera de la puerta que ya no tenía el cerrojo echado.

La puerta se abrió y Alejandro cayó al suelo de la habitación, sangrando por un corte en la frente. Detrás de él, Eduardo entró con una pistola de duelo en la mano derecha, apuntando directamente a la cabeza del abogado. Su rostro estaba desencajado, las venas de su cuello hinchadas por una furia que rayaba en el delirio.

“Se acabó el juicio, abogado,” jadeó Eduardo, apuntando con mano temblorosa. “Una bala para el ladrón que intentó violar a mi pobre esposa demente, y una dosis doble de sulfato de magnesio para que la condesa duerma finalmente en paz bajo la tierra del mausoleo familiar.”

“Mírame, Eduardo,” interrumpió Leonor. Su voz no tenía miedo; tenía la frialdad de una sentencia de muerte ejecutada con precisión. “Mírame a los ojos y dime qué firma vas a usar para enterrarme si este libro ya está en manos de la justicia ordinaria.”

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Leonor levantó una copia idéntica del libro de contabilidad que Alejandro le había entregado en su primera visita a través del torno, una réplica exacta que ella misma había copiado a mano durante las noches de encierro. Eduardo vaciló un segundo, sus ojos saltando del libro en manos de Leonor al bulto bajo el abrigo de Alejandro.

Esa fracción de segundo fue todo lo que Alejandro necesitó. Se arrojó contra las piernas del conde, desviando el disparo que impactó directamente en el gran espejo veneciano de la pared, rompiéndolo en mil pedazos de vidrio brillante que cayeron sobre ellos como lluvia de plata.

Leonor no gritó. Se agachó, recogió el pesado candelabro de bronce del escritorio y golpeó con fuerza la muñeca del conde, haciendo que el arma rodara por el suelo hacia el pasillo. Los dos hombres de negro, al ver el desastre y darse cuenta de que la situación civil del conde estaba completamente comprometida por los documentos que Alejandro protegía con su propio cuerpo, retrocedieron por el pasillo, abandonando a su cliente a su suerte.

“Se terminó, Eduardo,” dijo Alejandro, levantándose del suelo y limpiándose la sangre de la cara con la manga de la camisa. “El carruaje del juez de primera instancia de Vigo está en camino. Le envié un mensajero con la primera mitad de los libros contables esta misma tarde.”

Eduardo de Alba se quedó sentado en el suelo de la celda que él mismo había construido, mirando sus manos vacías y las astillas de vidrio que lo rodeaban. Su mente, sostenida durante diez años por la ilusión del control absoluto, pareció quebrarse finalmente bajo el peso de su propia derrota. Comenzó a balbucear nombres de tierras que ya no poseía y de deudas que jamás podría pagar.

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Tres meses después, el Palacio de los Alba fue expropiado para cubrir las indemnizaciones legales debidas a la herencia de la familia Borbón. Eduardo fue trasladado al sanatorio mental de Conxo, el mismo lugar con el que había amenazado a su esposa durante una década, consumido por una demencia senil real y destructiva que ningún médico pudo mitigar.

Alejandro se sentó en el banco de la estación de tren de Santiago de Compostela, mirando el billete de ida hacia Madrid que tenía entre los dedos. El pañuelo de lino con hilos de seda negra que Leonor le había dejado en el maletín como único agradecimiento estaba guardado en el bolsillo interior de su abrigo.

Una figura elegante, vestida con un traje de viaje gris perla y un sombrero que no lograba ocultar unos ojos oscuros y decididos, se detuvo frente a él. Leonor de Borbón ya no llevaba las marcas de la cautiva; caminaba con la firmeza de quien ha recuperado su nombre y su destino con la fuerza de su propia inteligencia.

“El tren hacia el sur sale en diez minutos, señor Torres,” dijo ella, ofreciéndole una pequeña sonrisa que por fin reflejaba algo de calidez humana.

“¿Va a regresar a Andalucía, condesa?” preguntó Alejandro, levantándose y quitándose el sombrero en señal de respeto.

“Leonor,” corrigió ella, mirando las vías del tren que se perdían en el horizonte gallego, donde las nubes por fin comenzaban a abrirse para dejar pasar la luz del sol. “El título de condesa se quedó encerrado en aquella habitación del ala norte. Ahora solo soy una mujer que tiene demasiados años de vida que recuperar y una fortuna que usar para abrir las jaulas de las que nadie habla.”

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