Limpié el labio con el dorso de la mano, manchando la lana fina del cárdigan. No me importaba. La sangre ya no era mi mayor preocupación, sino la extraña quietud del hombre a mi lado. Silas no me miró con voracidad, ni siquiera con la impaciencia que esperaba de alguien que acaba de comprar una “propiedad”. Me miraba con una frialdad clínica, como si estuviera evaluando una pieza de ajedrez rota que intentaba seguir en pie.
—No soy una empleada de limpieza —dije, desafiándolo. Mi voz, aunque temblorosa, no se quebró. —¿Es eso lo que quieres que sea? ¿Una sirvienta?
Silas dejó escapar un suspiro cansado y se reclinó contra el cuero del asiento. El coche arrancó, deslizándose por las calles de Atlantic City con una suavidad perturbadora. —Tus aptitudes me importan poco, Paige. Marla Whitaker necesitaba saldar una deuda de juego, y tú necesitabas un lugar donde no te vendieran al mejor postor. Esto no es una transacción de esclavitud. Es una tregua.
—Una tregua tiene dos bandos —repliqué, sintiendo el calor del coche como un arma de doble filo—. ¿Cuál es el mío?
Él se giró ligeramente, lo suficiente para que la luz intermitente de los semáforos iluminara las cicatrices ocultas tras su calma. —Tu bando es simple: sobrevivencia. Si Marla vuelve a intentar acercarse a ti, o si alguien del mundo de las apuestas cree que eres el eslabón débil de mi cadena, tendrás un techo, comida y una seguridad que nunca soñaste. A cambio, no me harás preguntas sobre mi trabajo. No me darás lástima. Y, sobre todo, no intentes escapar a lugares donde solo encontrarás más lobos esperándote.
El silencio volvió a instalarse en el vehículo, pesado y cargado de verdades no dichas. Mientras conducíamos lejos de los muelles y hacia las zonas residenciales más discretas de la ciudad, me di cuenta de que Silas no me había comprado por mi utilidad. Me había comprado porque, en su mundo de traiciones y negocios sucios, yo era la única cosa que no estaba intentando robarle nada.
Los días siguientes fueron una revelación. Silas vivía en una mansión que parecía una fortaleza de cristal y piedra. Allí, mi único deber era existir, estudiar los libros de contabilidad que él dejaba sobre el escritorio y, más importante, aprender a dejar de esperar el golpe. No era una prisionera; era una espectadora en la vida de un hombre al que el mundo temía, pero al que yo empezaba a ver como lo que era: alguien tan solo como yo.
Una tarde, meses después, la puerta principal sonó con la urgencia de un martillo. A través de las cámaras de seguridad, vi a Marla. Estaba gritando, exigiendo hablar conmigo, su rostro deformado por la rabia y el alcohol. Silas entró en la habitación justo cuando yo me levantaba. Sus ojos grises se fijaron en los míos, buscando una señal de debilidad.
—Tú decides —dijo él, entregándome el mando de seguridad.
No vacilé. Ni siquiera sentí el miedo que esperaba. Con una precisión que habría hecho sentir orgulloso a mi padre, bloqueé la entrada, llamé a la policía local y denuncié el acoso. Cuando el sonido de las patrullas ahogó los gritos de Marla, Silas se acercó a la ventana y observó la escena con una media sonrisa, una que por fin carecía de agotamiento.
—Ya no te pertenece, Paige —murmuró, acercándose a mí—. A nadie le perteneces ya.
Miré mis manos, que ya no temblaban. La lluvia golpeaba el cristal, pero esta vez, yo estaba del lado correcto del muro. Había dejado de ser una moneda de cambio para convertirme en la dueña de mi propio silencio. Silas Mercer era el diablo, sí, pero esa noche comprendí que, a veces, necesitas estar cerca del fuego para aprender a quemar los puentes que te encadenaban al pasado.
THE END
