Cuando las pesadas puertas de roble se abrieron al amanecer, el mayordomo principal y los sirvientes se quedaron congelados en el umbral. El espectáculo que tenían delante era dantesco. El emperador yacía sobre el enorme lecho de seda, con la garganta cortada de oreja a oreja. Su propia daga dorada descansaba en el suelo, empapada de sangre. Una gran mancha oscura se extendía por las sábanas y el valioso tapiz.
Pero lo que realmente heló la sangre de todos no fue el cadáver del tirano.
Las doce jóvenes estaban sentadas en perfecto orden alrededor de una gran mesa circular de mármol. Sus rostros estaban pálidos, pero sorprendentemente serenos. Ninguna lloraba. Ninguna temblaba. Ninguna intentaba escapar. Sus manos descansaban tranquilamente sobre la mesa, como si acabaran de terminar una cena formal.
Lira, la joven de cabello negro proveniente de las montañas del norte, se levantó lentamente. Con voz clara y firme que resonó en toda la cámara, dijo:
—Él creyó que éramos doce corderos traídos para su placer. Se equivocó. Éramos el veredicto que el imperio tanto esperaba.
Los sirvientes horrorizados escucharon la verdad con la boca abierta. Las doce mujeres no habían luchado con gritos ni violencia desordenada. Habían actuado con una inteligencia y unidad escalofriantes. Lira, hija de una legendaria sanadora, había mezclado un veneno paralizante en el vino del emperador. Una vez que el tirano quedó consciente pero completamente inmóvil, cada una de las jóvenes se acercó y le recordó sus crímenes: la envenenamiento de la bondadosa emperatriz, las ejecuciones injustas, los pueblos quemados y las familias destruidas por su celos y crueldad.
Al final, Lira tomó la daga del propio emperador y le cortó la garganta con un movimiento preciso.
El hombre más temido del imperio no murió a manos de un ejército ni de un noble traidor. Murió a manos de doce jóvenes que habían llegado al palacio como víctimas y se convirtieron en jueces.
La noticia del asesinato del emperador se extendió como fuego por los pasillos del palacio. Mientras los consejeros corrían en pánico y los guardias no sabían a quién obedecer, el pueblo, al enterarse horas después, comenzó a celebrar en las calles. Por primera vez en muchos años, la esperanza regresaba al imperio.
Antes de ser sacadas de la cámara bajo protección, Lira se giró hacia los sirvientes y pronunció sus últimas palabras:
—Decidle al pueblo que la emperatriz no murió en vano. Su justicia ha llegado, aunque tarde.
Las doce mujeres fueron protegidas en secreto y enviadas de regreso a sus hogares. Algunas se convirtieron en leyendas vivientes. El imperio inició una nueva era, más justa y menos cruel, recordando siempre la noche en que doce jóvenes silenciaron para siempre la voz del tirano más temido.
**THE END**
