Maya apartó la mirada, pero Arjun no soltó su mano helada. Las lágrimas que ella intentaba contener finalmente rodaron por sus mejillas pálidas.
—Cancer de ovario —susurró—. Etapa avanzada. Los médicos dicen que los abortos… quizás fueron una señal que ignoramos. Empecé con quimioterapia hace tres semanas. No quería que lo supieras.
Arjun sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Todo el peso de los últimos meses cayó sobre él como una avalancha. Recordó las noches en que Maya se dormía llorando en silencio, las veces que él elegía trabajar hasta tarde en lugar de abrazarla, las discusiones donde ambos se alejaron en vez de luchar.
—¿Por qué no me llamaste? —preguntó con la voz rota.
—Porque ya no era tu problema, Arjun. Te liberé. Pensé que merecías ser feliz sin cargar con una esposa enferma.
Él se arrodilló frente a ella en el pasillo del hospital, sin importarle las miradas de las enfermeras. Las lágrimas que había reprimido durante dos meses salieron sin control.
—Fui un idiota, Maya. Pensé que el divorcio era la solución, pero solo huí del dolor. No sabía que el verdadero dolor era perderte. Verte así… me destruye.
Maya acarició suavemente su mejilla con dedos temblorosos.
—No fue solo culpa tuya. Yo también me cerré. Tenía miedo de no poder darte la familia que tanto querías.
Arjun apoyó su frente contra la de ella, respirando su olor familiar mezclado con el antiséptico del hospital.
—Ahora estoy aquí. No me iré. Lucharemos juntos. Venderé todo si es necesario. Buscaremos los mejores médicos en Europa, en Estados Unidos… lo que haga falta.
Durante las siguientes semanas, Arjun dejó su trabajo y se mudó cerca del hospital. La acompañaba a cada sesión de quimioterapia, le sostenía el cabello cuando vomitaba, le leía libros por las noches y le recordaba cada día cuánto la amaba. Maya, que había enfrentado sola el diagnóstico, empezó a sonreír de nuevo.
Seis meses después, en una habitación llena de flores, el médico entró con una sonrisa.
—Las últimas pruebas están limpias. Está en remisión.
Maya miró a Arjun, quien nunca se había separado de su lado, y susurró:
—Tal vez el divorcio fue necesario… para encontrarnos de nuevo.
Arjun la besó en la frente, con el corazón lleno.
—Esta vez no te dejaré ir nunca más. Vamos a construir esa familia que soñamos. Juntos.
Dos años más tarde, en una pequeña casa con jardín en las afueras de Budapest, Maya sostenía en brazos a su hija recién nacida mientras Arjun los observaba desde la puerta con lágrimas de gratitud. El dolor los había separado, pero el amor, más fuerte que nunca, los había reunido.
**THE END**
