El picaporte de la puerta del ático de la Castellana quemaba, pero no di marcha atrás. Volví a ponerme los zapatos de tacón que había dejado en el umbral, alcé la barbilla y entré. Victor estaba sentado en el sofá de cuero, con la misma tablet en las manos y una copa de vino a medio terminar. Al verme, esbozó esa sonrisa de suficiencia que tanto odiaba.
—Sabía que no tardarías en volver, Amber. El frío de la calle es muy duro para quien se ha acostumbrado a mi calefacción —dijo, sin molestarse en levantarse—. Supongo que vienes a entregarme el teléfono y a aceptar el traslado a la Moraleja.
—He venido a decirte que sé exactamente cómo funciona Inversiones Ícaro, Victor —respondí, avanzando con paso firme hasta el centro del salón, asegurándome de que el micrófono oculto bajo mi solapa captara cada vibración—. Sé que usaste mi DNI para evadir esos cuatro millones a Andorra porque tus propias cuentas en Suiza están congeladas por el fisco. Me usaste como un escudo humano.
Victor soltó una carcajada estridente y dejó la copa sobre la mesa de mármol. Se levantó, acortando la distancia entre los dos con actitud amenazante.
—¿Y qué vas a hacer, mi pequeña abogada? ¿Denunciarme? El papel lleva tu firma digital y el dossier con tus fotos íntimas ya está programado para enviarse al rectorado mañana a primera hora. Eres mía, Amber. Yo pagué por tu obediencia y tú firmaste el contrato. Tu carrera está terminada a menos que hagas lo que te ordeno.
—¿Así que admites que la empresa la manejas tú y que tú falsificaste mi firma electrónica con los datos que te di? —pregunté, sosteniéndole la mirada con una frialdad que lo descolocó por completo.
—¡Por supuesto que la manejo yo! —rugió, perdiendo la paciencia y agarrándome del brazo con fuerza—. Todo este imperio lo manejo yo. Tú solo eres una muerta de hambre de Vallecas a la que le di un techo. Nadie va a creerle a una protegida que se saca fotos en Marbella por dinero. Mañana estarás arruinada, en la cárcel y con tu reputación destruida.
—Creo que el único que va a pasar la noche en Soto del Real eres tú, Victor —susurré con una sonrisa afilada.
En ese preciso instante, el sonido ensordecedor de la puerta principal siendo derribada fracturó la opulencia del ático. Cuatro agentes de la Policía Nacional, acompañados por el inspector jefe y una comitiva de la Agencia Tributaria con una orden de registro judicial, irrumpieron en el salón. Victor se quedó lívido, su mano se resbaló de mi brazo mientras los oficiales lo acorralaban contra el ventanal de la Castellana.
—Victor de la Vega, queda usted detenido por falsedad documental, fraude fiscal agravado, blanqueo de capitales y un delito de coacciones y revelación de secretos —declaró el inspector, mientras le colocaban las esposas metálicas.
El millonario me miró con los ojos inyectados en rabia, dándose cuenta demasiado tarde de que su confesión acababa de ser grabada en tiempo real por las autoridades. Los técnicos de Hacienda comenzaron a confiscar sus servidores, su tablet y el disco duro donde guardaba el dossier con el que pretendía extorsionarme, el cual fue destruido bajo custodia policial como prueba del delito.
Un año después, me gradué con honores en la facultad de derecho, luciendo en la solapa de mi toga el colgante de plata de mi abuela. Victor se enfrenta hoy a una condena de doce años de prisión y a la quiebra absoluta de su entramado societario. Nunca necesité recurrir a sus sucios millones para demostrar mi valor en Madrid; solo necesité las leyes que él tanto despreciaba para demostrarle que mi dignidad no se compra con ningún talonario.
THE END
