PARTE 3: EL JUICIO DE SANGRE Y LA CAÍDA DEL CONDE

El frío del cañón apuntando a mi pecho no era nada comparado con la mirada asesina de Eduardo de Alba. El candelabro en su mano izquierda proyectaba sombras gigantescas que devoraban la biblioteca. Comprendí, con una claridad espantosa, que el conde jamás permitiría que saliera vivo de San Amaro con ese libro rojo.

“Una deudas de juego, Alejandro. Eso es todo lo que tenías que solucionar”, siseó Eduardo, dando un paso al frente sin bajar el arma. “Te di la oportunidad de salvar a tu padre y elegiste meter las narices en los asuntos de mi cama. Qué falta de profesionalidad”.

“Su cama es un delito de secuestro y falsificación, conde”, respondí, apretando el libro de cuero rojo contra mi costado mientras buscaba desesperadamente una salida con la mirada. “Leonor está tan cuerda como usted, y este cuaderno es la prueba de que la declaró loca para saquear su fortuna”.

Eduardo soltó una carcajada seca, un sonido aristocrático y despiadado. “En este país, mi palabra es la ley y su firma es la de una demente. Nadie te escuchará, abogado. Serás solo un ladrón abatido en mitad de la noche”.

El conde amartilló la pistola. El chasquido metálico rompió el silencio de la biblioteca. Pero antes de que pudiera apretar el gatillo, un estrépito de cristales rotos y un fogonazo de fuego iluminaron el ala norte del palacio. Un humo espeso comenzó a colarse por las rendijas de las puertas.

Eduardo desvió la mirada un milisegundo hacia el techo, horrorizado al ver que su preciada jaula de oro comenzaba a arder. Aproveché ese instante de distracción para abalanzarme sobre él. El disparo resonó en las paredes de roble, pero la bala solo rascó el aire, incrustándose en un volumen de leyes francesas. Caímos al suelo, rodando entre el candelabro volcado cuyas velas prendieron fuego instantáneamente a las pesadas cortinas de la estancia.

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Logré zafarme de su agarre tras golpearle la muñeca con la ganzúa de bronce. Dejó caer el arma y lo dejé aturdido en el suelo, asfixiado por el humo negro que devoraba el palacio a sangre y fuego.

Corrí escaleras arriba, desafiando las llamas que ya devoraban el ala norte. Al llegar a la habitación prohibida, encontré la puerta abierta y a Leonor de pie en el pasillo, sosteniendo una lámpara de aceite vacía con la que había iniciado el incendio. Su rostro no reflejaba miedo, sino una determinación feroz, casi divina.

“Te dije que derribaría este palacio desde adentro, Alejandro”, exclamó ella por encima del rugido del fuego.

“Tengo el libro, Leonor. ¡Vámonos!”, grité, tomándola de la mano.

Salimos al acantilado justo cuando el techo del ala norte se desplomaba en un torbellino de chispas y ceniza. El aire puro del Atlántico nos devolvió la vida mientras contemplábamos cómo el gigante de piedra se convertía en una pira funeraria para los secretos de los Alba. Eduardo logró salvar la vida, pero no su imperio.

Tres semanas después, ante el Tribunal Civil de Santiago, el libro de contabilidad de cuero rojo y la impecable declaración de Leonor —cuya lucidez aplastó a los médicos comprados por el conde— dictaron la sentencia definitiva. Eduardo de Alba fue despojado de sus títulos y condenado a cadena perpetua por falsificación, fraude y secuestro. Leonor no solo recuperó su herencia, sino su nombre, su historia y su libertad. Nunca estuvo loca, y la jaula de oro que construyeron para enterrarla terminó siendo la tumba del hombre que intentó apagar su luz.

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THE END

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