El reflejo de las luces del auto negro sobre el vidrio del hospital parecía la mirada de un depredador esperando el momento exacto para atacar. La respiración de Diego se volvió errática, pero el miedo que lo había paralizado horas antes se transformó en una adrenalina pura y peligrosa. Tenía doce horas. Doce horas para salvar a Sophie, proteger a Mateo y vengar lo que le habían hecho a Laura.
—No sé quién eres —dijo Diego con una voz sorprendentemente calmada, mientras se alejaba lentamente de la ventana para no exponerse—. Pero acabas de cometer el peor error de tu vida. No tienes idea de lo que un padre es capaz de hacer.
La línea se cortó con una risa seca.
Diego no podía confiar en la seguridad del hospital, ni tampoco en la policía; si el enemigo tenía acceso a los registros confidenciales de su empresa de manera tan rápida, significaba que el traidor estaba dentro de su propio círculo de confianza. Miró a Mateo, que seguía durmiendo en la silla, y luego a la trabajadora social, quien lo observaba con creciente preocupación.
—Necesito que proteja a mis hijos —le suplicó Diego, tomándola de las manos—. No deje que nadie se acerque a esta habitación, excepto los médicos principales. El peligro no ha terminado.
Sin esperar respuesta, Diego corrió hacia el sótano del hospital. Sabía exactamente quién estaba detrás de esto. Los “códigos de acceso” de la campaña multimillonaria no eran solo para publicidad; contenían las patentes de un software de logística médica que su empresa planeaba donar a nivel internacional, un proyecto que su socio principal, Julián, quería vender al mercado negro por una fortuna. Laura lo había descubierto. Por eso la habían atacado.
Diego subió a su auto esquivando la mirada de los hombres del vehículo negro, que aún no sabían que él había salido por la puerta de emergencias. Condujo directo a las oficinas centrales. La tormenta de Chicago golpeaba el parabrisas con furia, reflejando la tormenta que llevaba dentro.
Al entrar a la sala de juntas, el lugar estaba desierto, excepto por una luz encendida en la oficina del fondo. Julián estaba allí, descargando archivos en un disco duro.
—Llegas tarde para la aprobación, Diego —dijo Julián sin levantar la vista, con una sonrisa cínica—. Aunque escuché que tuviste un contratiempo familiar.
—Casi matas a Laura —dijo Diego, cerrando la puerta con llave—. Y dejaste a mis hijos morir de hambre. Todo por dinero.
Julián se levantó, borrando la sonrisa de su rostro al ver los ojos inyectados en sangre de Diego. Intentó alcanzar un arma en su escritorio, pero Diego fue más rápido. La rabia de un padre acumulada durante días estalló en un solo golpe que envió a Julián al suelo. Diego lo tomó por el cuello de la camisa.
—Tú vas a llamar a tus matones en el hospital y les dirás que se retiren. Luego, vas a confesarle todo a la policía federal. Si no lo haces, te juro que los códigos de acceso se borrarán para siempre, y tú te quedarás sin nada y encerrado en una celda.
Con el rostro ensangrentado y el pánico reflejado en los ojos, Julián entendió que había perdido. El dinero no podía competir contra el instinto de supervivencia de un hombre que defendía a su sangre. Julián tomó el teléfono con manos temblorosas y dio la orden de retirada.
Tres horas más tarde, las luces azules de las patrullas del FBI rodeaban el edificio corporativo mientras se llevaban a Julián esposado.
Diego regresó corriendo al hospital. Cuando entró al piso de pediatría, el auto negro ya no estaba. La enfermera jefe lo recibió con una sonrisa que le devolvió el alma al cuerpo.
—Sr. Rivas, la fiebre de Sophie ha bajado por completo. Ya está despierta y preguntando por usted. Y acabamos de recibir noticias del otro hospital: Laura ha salido del coma y sus signos vitales son estables.
Diego entró a la habitación. Mateo ya estaba despierto, abrazando a su pequeña hermana en la camilla. Al ver a su padre, ambos niños sonrieron. Diego se arrodilló junto a ellos, llorando por primera vez en toda la noche, pero esta vez de alivio. El Imperio que había construido con tanto esfuerzo no valía nada comparado con las dos pequeñas vidas que sostenía en sus brazos. La pesadilla había terminado. Su familia estaba a salvo.
THE END
